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Testimonio Vocacional Fidel

Mi nombre es Fidel y soy de Villanueva de la Jara (Cuenca).


Hablar de Dios, inevitablemente me lleva a decir... Gracias. ¿Cómo he podido descubrir a Dios como padre y madre? Sin duda, en el rostro de los míos. Gracias Señor porque te has dado a conocer, en bondad, dulzura y amor, en el rostro de mi familia. Si yo puedo llamar a Dios como "padre" es porque se manifestó con caricia hogareña, con diálogo paterno, con ternura de madre. Estoy convencido que ahí, en mis primeros pasos, en el calor del hogar, Dios me puso a mi familia como gran instrumento para que me acercase a él. Ahí te conocí, Señor, ahí me enseñaron a rezar, ahí me hicieron consciente que Dios se manifestaba en la primera historia personal de cada uno. Y junto a ellos, no puedo olvidar que llamar a Jesús "hermano" fue posible porque crecí con un hermano también. ¡Qué grande es poder descubrir, desde la fe, que nuestro Señor se ha servido de estas categorías humanas para que podamos dirigirnos a él!


Hablar de Dios pasa por descubrir que mi parroquia es un hogar, una gran familia. Ahí también lo he descubierto presente en medio de mi pueblo, de mi comunidad, de mis religiosas carmelitas. Rostros con los que he podido rezar y sentir que el Señor que acompañaba los primeros pasos de la historia de la Iglesia, no se olvidaba de la historia particular de cada uno, tampoco de la mía. En cada eucaristía, en cada acto al que he podido asistir desde niño, Dios era, no sólo padre, madre o hermano... Era también amigo y compañero, confidente y escrutador de mi corazón. Era quien escuchaba mis ruegos, mis intenciones, mis súplicas, mis acciones de gracias y mi quebraderos de cabeza. Era, indudablemente, amigo, como tantos amigos que él mismo había puesto en mi camino para seguir conduciendo mi años de colegio, instituto y universidad.


Hablar de Dios, es más que hablar escucharle. Es interrogarte qué quiere en estos momentos de tí. Y pasa por descubrirlo en un proyecto que todos tenemos para él y que nos invita a que lo secundemos con nuestra vida. Y por eso, hoy lo descubro en un proyecto de vida que, igual que tiene para mí, tiene para todos lo que estamos en estos momentos unidos en la oración. Descúbrelo en tu historia, en las grandezas y los fracasos, en las grandes hazañas y en los grades errores. Descúbrelo porque, por mucho que tú creas que puedes tener las riendas de todo y de ti mismo, sólo él tiene palabras de vida eterna.


Y... por qué no? ¿Cómo lo debemos descubrir también? Creo que hoy puedo descubrirlo asumiendo que cada uno de nosotros somos los que tenemos que llevarlo a los demás. Sus dones de amor, de perdón y misericordia, hoy se convierten en asignatura para que yo los lleve. Descubrir a Dios es caer en la cuenta que yo tengo que hacer que otros lo descubran a través de mi persona. Descubrir a Dios es hacerlo descubrir en mi porque transmito lo que Dios es: misericordia. Este Dios, misericordia hasta las últimas consecuencias, es el Dios que he conocido, el que me ha guiado, el que me ha perdonado, el que me ha escogido, el que yo estoy llamado a dar a los demás.

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