• Seminario Cuenca

Testimonio vocacional Francisco Miguel

¡¿Pero qué se la habrá pasado a Dios por la cabeza?! ¿Quién diría que aquel niño al que no le gustaba la catequesis acabaría en el seminario? Fue extraño… porque, a diferencia del resto de mis amigos, quienes, tras hacer la comunión, abandonaron la iglesia, yo continué yendo a misa y, poco a poco, participando en todo lo que me ofrecía la parroquia. Se me viene siempre a la cabeza la oración… ¡cuántos ratos delante de la custodia! ¡Cuántos ratos delante de Él! Y aquí fue cuando yo empecé a ver que algo no iba según lo normal… Lo sentí, sentí que me pedía algo. Era diferente del resto de cosas. Sentí su amor, diferente del resto de amores. No era como todo lo demás… no se iba… ni de la cabeza, ni del corazón… Me decidí, y con muchísima alegría, tras entregarle generosamente mi “sí”, entré en el seminario menor.


Primer curso… segundo curso… ¿Qué hago? ¿Vuelvo a empezar un tercero? Ea, si hemos llegado hasta aquí… Durante algún tiempo, me construí la vocación a mi manera. Sí, sí, yo quiero ser cura, Dios me llama y eso, pero yo establezco las pautas, eso que le quede claro a Dios; ¡yo marco el ritmo! Pero no… así no…

Me salí del seminario en segundo de bachillerato; repetí curso. Sin embargo, volvía a ser extraño… Yo estaba enfadado con todo y conmigo mismo; estaba cansado de mí mismo, me aborrecí… ¡PERO ÉL NO SE CANSÓ NUNCA DE MÍ!


Dios tuvo paciencia… mucha paciencia… Aquello lo seguía sintiendo: era distinto de todo lo demás, y no me dejaba en paz, me perseguía… ¡Y cuánto tengo que agradecer lo insistente que Dios ha sido conmigo! ¡Cuánto tengo que agradecer su amor! ¡Su paciencia! ¡Su plan! ¡Dios ha estado grande, muy grande conmigo, y estoy alegre! ¡No se ha cansado ni un solo día de llamarme para que sea sacerdote! ¡Dios confía en mí! ¡Dios tiene fe en mí!


Y lo volví a hacer: pedí la admisión al seminario, pero esta vez para cursar como seminarista mayor. No obstante, al comienzo del verano previo al inicio de curso, qué miedo… ¿Y si lo volvía a estropear? ¿Y si me había equivocado? ¿Y si volvía a marcarle las pautas a Dios? Pero Dios nunca se cansó ni dejó de confiar en mí… Tampoco lo hizo la Virgen María. ¡Mi Mamá! Ese mismo verano fui a Lourdes por primera vez, y allí, entre mis miedos y mis dudas, vi confirmada, una vez más, la llamada que Dios me hacía al sacerdocio. ¡Gracias Mamá, pues tú me ayudaste! ¡Y gracias a Ti también, Padre! Podrías haber elegido a cualquier otro… ¡pues anda que no hay mejores! Pero me has querido a mí… ¿Sabes, Dios? No sé qué se te ha pasado por la cabeza… Pero lo que sí sé es que Tú, todo lo que haces, lo haces bien, todo es bueno, y nunca te equivocas… ¡Nunca!


Al final, me he dado cuenta de que sólo cuando te abandonas en Dios, cuando abandonas tus proyectos, cuando confías en Su Voluntad, eres realmente feliz, todo está bien, no hay miedos, todo es paz. ¿Qué se la ha pasado a Dios por la cabeza? ¿Por qué yo? Da igual… No te preguntes el porqué, cuando el Señor te bendice; tú sólo dale las gracias… No hay que entenderlo, hay que vivirlo…

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Seminario Conciliar de San Julián y Santiago Apóstol

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